- El viaje al fin del mundo en Tierra del Fuego recorre parajes remotos entre Ushuaia y Punta Arenas, combinando cruceros de pequeña escala, tren histórico y visitas a parques nacionales.
- El itinerario incluye hitos como Cabo de Hornos, Bahía Wulaia, numerosos glaciares y la Isla Magdalena, donde se observan colonias de pingüinos y aves marinas.
- El Tren del Fin del Mundo y el Parque Nacional Tierra del Fuego permiten revivir la historia del antiguo presidio de Ushuaia y acceder a bosques, lagos y bahías de gran valor ecológico.
- Además de los paisajes, el viaje revela historias humanas de estancieros, cocineros y pobladores que han elegido vivir en este extremo austral, manteniendo vivas tradiciones y vínculos con la naturaleza.

Llaman a este rincón del planeta el fin del mundo, pero en cuanto pones un pie en Tierra del Fuego descubres que, más que un final, es el inicio de algo distinto: paisajes descomunales, historias de exploradores, pueblos originarios, glaciares y trenes que avanzan entre bosques milenarios. Todo ello repartido entre Chile y Argentina, allí donde la Patagonia se deshace en canales, islas y montañas que se precipitan al mar.
Antes de viajar, muchos se imaginan un lugar árido, vacío, casi hostil. Sin embargo, al llegar, el mar, las montañas y las llanuras te reciben de golpe, y comprendes que este viaje a Tierra del Fuego va más allá de un crucero bonito o una excursión en tren: es una inmersión en una zona donde conviven las huellas de presidiarios, misioneros, yaganes, onas y tehuelches con cruceros de lujo, locomotoras a vapor y restaurantes donde se cocina lo que se pesca esa misma mañana.
Qué significa viajar al fin del mundo en Tierra del Fuego
Cuando se habla de un viaje al fin del mundo por Tierra del Fuego, se hace referencia a uno de los itinerarios más espectaculares que se pueden hacer en el planeta: un recorrido entre Ushuaia (Argentina) y Punta Arenas (Chile) navegando por estrechos canales, pasando junto a glaciares colosales, faros solitarios y bahías donde anidan pingüinos y albatros. Es también la puerta de entrada a cruceros hacia la Antártida, por lo que muchos viajeros lo enlazan con expediciones al continente blanco.
La región es famosa por sus paisajes extremos: una maraña de fiordos, cabos, archipiélagos y montañas nevadas que se asoman directamente al océano. Los glaciares se descuelgan desde la Cordillera de Darwin, las nubes cuelgan bajas casi a diario y el viento puede cambiar el plan de un día en cuestión de minutos. Con la ropa adecuada y una buena organización, hoy se puede vivir esta experiencia con bastante comodidad y seguridad, sin renunciar al punto de aventura que uno espera del fin del mundo.
Curiosamente, a pesar de llamarse Tierra del Fuego, no es una zona volcánica. El origen del nombre está ligado a las hogueras de los pueblos originarios que vivían aquí desde hace miles de años. Magallanes la llamó en un primer momento “Tierra de Humos”, porque desde su barco veía columnas de humo elevándose por todas partes, fruto de los fuegos que encendían los yaganes, kawésqar y otros pueblos para calentarse, incluso a bordo de sus canoas. Más tarde, Carlos V rebautizó la región como Tierra del Fuego, nombre que ha quedado para siempre y que hoy se asocia también con la idea de “tierra del fin del mundo”.
Gran parte de esas hogueras ya no existen, pero las historias de quienes habitaron y habitan estas latitudes perviven en museos, relatos de viajeros y libros de autores como Francisco Coloane, el llamado “Joseph Conrad chileno”. Sus narraciones marineras, llenas de tormentas, barcos perdidos y hombres al límite, ayudan a mirar estos parajes con otros ojos mientras se navegan los mismos canales que él describió.
Itinerario clásico: crucero entre Ushuaia y Punta Arenas
Uno de los recorridos más completos para disfrutar de un viaje al fin del mundo en Tierra del Fuego es el crucero de cinco días que une Ushuaia con Punta Arenas. A lo largo de la travesía se navega por canales remotos, se desembarca frente a glaciares, se llega hasta el mítico Cabo de Hornos y se visitan islas donde viven miles de pingüinos.
El itinerario habitual desde Ushuaia suele seguir el siguiente esquema, con pequeñas variaciones según la meteorología y la naviera:
- Día 1: Ushuaia
- Día 2: Cabo de Hornos – Bahía Wulaia
- Día 3: Glaciar Pía – Glaciar Garibaldi
- Día 4: Seno Agostini – Glaciar Águila – Glaciar Cóndor
- Día 5: Isla Magdalena – llegada a Punta Arenas
Este mismo esquema se puede hacer en sentido inverso, zarpando desde Punta Arenas y terminando en Ushuaia. En esa variante, a veces se sustituyen algunas paradas por otras como Bahía Ainsworth, los islotes Tuckers o el Glaciar Alley, pero la esencia del viaje se mantiene: convivir durante unos días con una naturaleza salvaje y cambiante en uno de los confines del planeta.
Los cruceros del fin del mundo: Ventus Australis y Stella Australis
Para moverse por esta red de canales angostos, fiordos y pasos a menudo batidos por el viento no sirven los enormes cruceros masivos del Caribe o el Mediterráneo. Aquí lo ideal son barcos pequeños y reforzados, capaces de maniobrar con precisión y de ofrecer una combinación de seguridad, confort y cercanía al paisaje.
En esta ruta destacan especialmente dos barcos de expedición: el Ventus Australis y el Stella Australis. Son naves diseñadas para navegar por la Patagonia austral y los canales fueguinos, con casco robusto, motores adaptados a las condiciones locales y un tamaño lo bastante contenido como para poder internarse en bahías estrechas y fondear cerca de las playas desde las que comienzan las excursiones.
El alojamiento se reparte en camarotes exteriores con grandes ventanales, todos con baño privado, lo que permite contemplar glaciares, montañas y bosques sin moverse de la cama si el tiempo fuera no acompaña. Además, el barco dispone de salones panorámicos, sala de lectura y una plataforma de observación desde la que se avistan cóndores, toninas y lobos marinos cuando la suerte acompaña.
A bordo se cuida mucho la parte gastronómica: desayunos tipo buffet con bollería y pastelería reciente, platos elaborados con productos locales y cocina de nivel que se agradece especialmente después de una jornada de caminata bajo la lluvia o el viento. Es una forma de equilibrar el carácter aventurero del viaje con momentos de auténtico mimo y confort.
Para acercarse a los puntos de desembarco, el barco utiliza lanchas zodiac, resistentes y ágiles, que permiten llegar a playas, cabos o lenguas de hielo donde un buque grande nunca podría aproximarse. Gracias a esas zodiacs se organizan salidas para hacer caminatas guiadas, contemplar glaciares desde muy cerca o visitar colonias de fauna sin alterarlas en exceso.
Qué ver en un viaje al fin del mundo por Tierra del Fuego
Aunque en el trayecto se incluyen dos ciudades importantes, Ushuaia en Argentina y Punta Arenas en Chile, la esencia de este viaje no está en las compras ni en los monumentos, sino en la naturaleza y la aventura. Es un recorrido apto para casi todo el mundo, con excursiones que suelen tener una dificultad fácil o media, pero que requieren ganas de caminar, abrigarse bien y no asustarse si el tiempo cambia de repente.
En prácticamente cualquier variante del crucero vas a poder conocer glaciares emblemáticos, cabos míticos, bahías históricas y áreas protegidas de enorme valor ecológico. A continuación, se detallan los puntos más destacados para entender bien qué ofrece cada uno.
Ushuaia: la ciudad más austral del mundo
Ushuaia es la puerta de entrada o el punto final de esta travesía. Con unos 75.000 habitantes, esta ciudad argentina se extiende entre la costa del Canal Beagle y montañas que suelen lucir nieve buena parte del año. Sus casas de colores vivos, muchas de ellas bajas y de chapa, recuerdan en cierto modo a los pequeños asentamientos de Groenlandia, aunque aquí las temperaturas son algo menos extremas y hay más vida urbana.
Uno de los iconos fotográficos de la zona es el Faro Les Éclaireurs, un faro pintado a franjas que aparece en documentales y películas sobre el fin del mundo. Aunque a veces se lo confunde con el “faro del fin del mundo” de la novela de Julio Verne, ese faro en realidad estaba situado en la Isla de los Estados; aun así, Les Éclaireurs se ha ganado un lugar en el imaginario colectivo.
La historia de Ushuaia está muy ligada a una antigua cárcel. A principios del siglo XX se construyó un presidio en este punto remoto con la idea de mantener lejos de todo a los presos más peligrosos y a la vez consolidar la presencia argentina en la región. Hoy, las instalaciones son la sede del Museo Marítimo y del Presidio de Ushuaia, donde se puede recorrer los antiguos pabellones, conocer las historias de sus habitantes y profundizar en temas como las primeras expediciones a la Antártida o la biodiversidad del Parque Nacional Tierra del Fuego.
Para quienes quieren profundizar en los pueblos originarios, el Museo del Fin del Mundo es una visita imprescindible. Allí se cuenta la historia de los yaganes o yámanas, pueblo canoero que habitaba estas aguas desde hace unos 10.000 años, además de otros grupos como los onas o selk’nam y los tehuelches. Es una forma de poner rostro y contexto a los nombres que irás oyendo durante el viaje.
En el plano gastronómico, Ushuaia se ha convertido en un referente culinario del sur argentino. Los grandes protagonistas son el cordero patagónico, preparado lentamente al asador, y la centolla, un marisco de carne muy fina que se captura en las frías aguas del entorno. Muchos viajeros recuerdan el viaje no solo por los paisajes, sino también por las comidas compartidas frente al Canal Beagle.
El Tren del Fin del Mundo y el Parque Nacional Tierra del Fuego
Muy cerca de Ushuaia se concentra otra experiencia absolutamente icónica: subir al Tren del Fin del Mundo y combinarlo con la visita al Parque Nacional Tierra del Fuego. Este ferrocarril de vía estrecha, con locomotoras de vapor y coches panorámicos, recupera parte del antiguo recorrido que realizaba el llamado “tren de los presos” hace un siglo.
Tras más de cuarenta años de inactividad, en 1994 se reabrió al turismo un tramo de unos siete kilómetros del trazado original. En tiempos del presidio, el tren partía directamente desde la cárcel, en pleno centro de Ushuaia, y llegaba a la base del Monte Susana. Los reclusos viajaban en vagones rudimentarios para cortar madera y extraer piedra, materiales que se utilizaban en la construcción y el mantenimiento de la propia ciudad.
Hoy, la Estación Principal del Tren del Fin del Mundo se sitúa a unos 7 km de Ushuaia, a pie de la Ruta Nacional 3. Allí, guías y personal del ferrocarril reciben a los pasajeros y los ayudan a embarcarse en este viaje corto pero intenso, que permite acceder a una zona del Parque Nacional Tierra del Fuego que de otro modo quedaría fuera del alcance de la mayoría.
Durante el trayecto, que en la opción de solo ida dura aproximádamente 50 minutos – 1 hora, el tren avanza paralelo al río Pipo, serpenteando entre praderas anegadas, lengas centenarias y zonas donde aún se aprecian claramente las marcas del trabajo forzado de los presos. A través de los amplios ventanales se disfrutan vistas de:
- El río Pipo con su curso irregular.
- La cascada La Macarena, que se descuelga entre la vegetación.
- El llamado cementerio de árboles, un paisaje de troncos blanqueados y raíces a la vista.
- Un bosque de lengas de gran belleza, con tonalidades cambiantes según la estación.
Los coches del tren cuentan con audio individual en varios idiomas, lo que permite seguir las explicaciones históricas mientras se disfruta del paisaje. La primera parada se realiza en la Estación Cascada La Macarena, donde se puede subir a un mirador con vistas al valle del río Pipo y, de forma opcional, hacer una breve caminata para conocer la recreación de un asentamiento de los yámanas, uno de los pueblos originarios de la región.
Después, el tren cruza el llamado “puente quemado” sobre el río Pipo, donde todavía se ven los restos del antiguo puente de madera bajo las vías actuales. El viaje concluye en la estación interna del Parque Nacional Tierra del Fuego, a partir de la cual se continúa la excursión por carretera y a pie.
El Parque Nacional Tierra del Fuego es el único parque nacional argentino donde se encuentran bosque, mar y montaña en un mismo escenario. Desde la entrada se recorre un camino flanqueado por lengas y turberas hasta llegar al Lago Acigami (antiguo Lago Roca), de origen glaciar y unos 5,5 km² de superficie. El lago está rodeado de montañas, bosques y, con un poco de suerte, aves autóctonas que sobrevuelan sus aguas.
En la zona de servicios del parque se suele disponer de unos 30 minutos libres para pasear, visitar el centro de interpretación, tomar algo caliente y fotografiar el entorno. A continuación se continúa hacia Bahía Lapataia, donde la Ruta Nacional 3 y la mítica Carretera Panamericana encuentran un punto simbólico de finalización. La costa está llena de moluscos, mejillones y restos de antiguos concheros de los pueblos originarios que vivían de estos recursos.
En muchos circuitos por el parque también se visitan lugares como Laguna Verde, famosa por su intensidad esmeralda y sus vistas al Cerro Cóndor, y Bahía Ensenada Zaratiegui, donde se encuentra la casilla postal más austral del Correo Argentino. El recorrido completo por el parque suele llevar desde primera hora de la mañana hasta alrededor de las 13:30, con un grado de dificultad bajo y salidas todo el año.
El tour está preparado para ser accesible a personas con movilidad reducida: los principales puntos cuentan con rampas, espacios para sillas de ruedas y servicios adaptados, y el personal está formado para asistir en lo necesario. El acceso al parque se abona durante todo el año, ya sea en la propia estación del tren (si se combina con el billete) o en la entrada, y existe la opción de comprarlo por internet en la web oficial de Parques Nacionales de Argentina.
Punta Arenas: la gran ciudad chilena del Estrecho de Magallanes
En el lado chileno, Punta Arenas suele marcar el inicio o el final del crucero. A diferencia de Ushuaia, su centro urbano tiene un aire más monumental, con palacetes y edificios históricos que recuerdan la época de esplendor ligada a la navegación por el Estrecho de Magallanes y al auge de las estancias ovejeras.
El corazón de la ciudad es la Plaza de Armas, rodeada de mansiones señoriales entre las que destacan el Museo Regional de Magallanes y el Palacio Sara Braun, ambos visitables. Estas construcciones cuentan la historia de las familias pioneras que hicieron fortuna en el comercio, la ganadería y la navegación en un entorno tan duro.
Uno de los museos más llamativos de Punta Arenas es el Museo Nao Victoria, donde se exhibe una réplica a escala real del barco de Magallanes con el que se logró la primera vuelta al mundo. Los visitantes pueden subir a bordo, recorrer la cubierta y hacerse una idea de lo que significaba cruzar estos mares en naves de madera. En el mismo recinto hay reproducciones de otras embarcaciones históricas, como la Goleta Ancud o el HMS Beagle, el barco en el que viajó Charles Darwin.
Para entender mejor a los habitantes originarios de la región, resulta muy recomendable el Museo Salesiano Maggiorino Borgatello, de carácter antropológico, donde se documenta la vida de los onas o selk’nam, tehuelches, yámanas y alcalufes. Fotografías, objetos cotidianos y testimonios ayudan a tomar conciencia de la magnitud de los cambios que ha vivido esta zona en poco más de un siglo.
En el plano más panorámico, las mejores vistas de la ciudad y del Estrecho de Magallanes se obtienen desde el Mirador del Cerro de la Cruz, ideal para hacerse una idea de cómo esta ciudad se recuesta sobre la costa. Además, la costanera invita a pasear junto al mar, a menudo con el viento como compañero constante.
Cabo de Hornos: donde se encuentran el Pacífico y el Atlántico
Uno de los grandes hitos del viaje al fin del mundo es la posibilidad de desembarcar en el Parque Nacional Cabo de Hornos, una Reserva de la Biosfera declarada por la UNESCO. Es el punto donde se encuentran el océano Pacífico y el Atlántico, un lugar históricamente temido por marinos de todo el planeta por sus violentas tormentas, enormes olas y corrientes impredecibles.
No todos los barcos se detienen aquí; de hecho, los cruceros de la compañía Australis, como el Ventus y el Stella, están entre los pocos que incluyen una parada en Cabo de Hornos. Aun así, el desembarco está siempre supeditado al clima: si el viento o el oleaje están demasiado fuertes, los capitanes pueden decidir cancelar la bajada por seguridad.
Cuando las condiciones lo permiten, se desembarca en una isla deshabitada, cubierta de bosques de canelos, hayas y robles australes. Caminando por los senderos se llega hasta un mirador y un monumento al albatros, ave que domina estas latitudes. En ciertas épocas se pueden ver también pingüinos y otras aves marinas que se alimentan en estas aguas ricas en nutrientes.
La sensación al estar allí, rodeado de mar por todas partes y con el viento golpeando la cara, es difícil de igualar. Muchos viajeros comentan que, por unos instantes, tienen la impresión real de estar en el último rincón del planeta, en un lugar que hasta hace poco era casi inaccesible para cualquiera que no fuera marino o científico.
Bahía Wulaia: historia de Darwin y de los yámanas
Otra parada cargada de historia es la Bahía Wulaia, un lugar que aparece en los diarios de Charles Darwin durante su viaje a bordo del Beagle. Aquí vivió una importante comunidad de indígenas yámanas, expertos navegantes de estas aguas heladas, que se desplazaban en canoas de corteza y vivían en estrecha relación con el mar.
En la actualidad, en esta bahía se ha recuperado un antiguo edificio de radio y se ha habilitado un pequeño museo que relata la historia de los yámanas y de los colonos que llegaron después, así como las características geográficas y naturales de la zona. La visita combina muy bien la parte cultural con la observación del entorno.
Más allá del museo, la bahía ofrece senderos entre bosques y miradores naturales desde los que se contempla la costa recortada y las islas cercanas. La vegetación se asemeja a la de Cabo de Hornos, pero el acceso suele ser más sencillo y con menos riesgo de que el mal tiempo obligue a suspender la excursión.
Glaciar Pía: un muro de hielo de 20 kilómetros
Dentro del Parque Nacional Alberto de Agostini, el Glaciar Pía es uno de los espectáculos más sobrecogedores del viaje. Se trata de un enorme río de hielo sólido de unos 20 kilómetros de largo que desciende desde las alturas de la Cordillera de Darwin hasta casi tocar el mar.
El barco suele ingresar en el fiordo hasta situarse frente al frente del glaciar, y a partir de ahí se organizan desembarcos en zodiac y caminatas hasta un mirador que ofrece una vista panorámica del conjunto. El sendero puede tener tramos algo exigentes, con terreno húmedo y raíces, pero el esfuerzo se ve ampliamente recompensado por la panorámica final.
Desde el mirador se aprecia la masa de hielo, las morrenas laterales y las montañas que lo enmarcan. El sonido de los desprendimientos y el crujido interno del glaciar crean una atmósfera muy particular; muchos viajeros coinciden en que es una de las postales más impresionantes de todo el viaje.
Glaciar Garibaldi: uno de los pocos que siguen creciendo
El Glaciar Garibaldi destaca por ser uno de los pocos glaciares de la zona que no han perdido masa en las últimas décadas; al contrario, se considera que se encuentra en fase de avance. Esto lo convierte en una rareza y en un excelente ejemplo para comprender mejor la dinámica de los glaciares en un contexto de cambio climático.
Se puede contemplar desde el mismo barco, que se aproxima al fondo del fiordo, pero las excursiones que desembarcan permiten disfrutarlo desde otra perspectiva. Habitualmente se propone un sendero a través de un bosque de helechos y árboles cubiertos de musgo que concluye en una cascada alimentada por el deshielo del propio glaciar.
Desde ese punto, la vista del glaciar, enmarcado por la vegetación y la caída de agua, queda grabada en la retina. La combinación de hielo azul, roca oscura y verde intenso del bosque crea uno de esos paisajes que cuesta creer que sean reales hasta que se ven de cerca.
Seno Agostini y Canal Cockburn: la Cordillera de Darwin de frente
El Seno Agostini y el Canal Cockburn forman otra de las secciones más impactantes del viaje. Desde la cubierta del barco se contempla la Cordillera de Darwin salpicada de picos afilados y glaciares colgantes que descienden casi hasta el nivel del mar. La sensación es la de navegar por un valle alpino inundado por el océano.
En las playas y costas de estas zonas es frecuente avistar coipos, nutrias y lobos marinos, mientras que en el cielo puede aparecer la silueta majestuosa del cóndor andino, que aprovecha las corrientes ascendentes para planear sobre las laderas.
Glaciar Águila: laguna termal entre montañas
La visita al Glaciar Águila se recuerda tanto por el hielo como por el camino que conduce hasta él. El itinerario discurre entre bosques húmedos, musgos y pequeñas turberas, y finaliza en una laguna de aguas muy especiales, ya que se alimenta de corrientes de origen termal mezcladas con el agua fría del entorno.
La combinación de vapor ligero, reflejos en la superficie y el glaciar al fondo ofrece un escenario perfecto para la fotografía. En general, en todo este viaje es casi obligatorio llevar la cámara siempre a mano, porque los paisajes cambian cada pocos minutos y la luz patagónica, incluso en días nublados, es muy fotogénica.
Glaciar Cóndor: para amantes de las aves
En el caso del Glaciar Cóndor, el gran protagonista del espectáculo no es solo el hielo, sino la fauna que lo sobrevuela. Esta zona es famosa por las buenas posibilidades de avistar cóndores andinos, aves que pueden superar los tres metros de envergadura y que han sido consideradas sagradas por numerosos pueblos andinos.
Los viajeros más interesados en la ornitología suelen apreciar especialmente esta parada, ya que además de cóndores es posible ver otras aves marinas y de bosque. Aun así, aunque no seas un experto en aves, la combinación de glaciar, montañas y cielo suele dejar sin palabras.
Isla Magdalena: la gran colonia de pingüinos de Magallanes
Antes de llegar a Punta Arenas, muchos cruceros hacen una escala en la Isla Magdalena, uno de los puntos más esperados del trayecto. Esta isla alberga una importante colonia de pingüinos de Magallanes, que cada año regresan para reproducirse y criar a sus polluelos.
El desembarco se hace siguiendo normas estrictas para no perturbar a los animales. Los pingüinos se mueven con total naturalidad por la playa y las laderas, cavando madrigueras, acarreando piedras o simplemente curioseando a los visitantes. Es fácil quedarse embobado observando su comportamiento y las interacciones entre ellos.
Además de pingüinos, la isla también está habitada por aves zancudas, skúas chilenas, págalos, águilas y gaviotas. Para los amantes de la naturaleza, es una oportunidad excelente para aprender sobre la vida de estas especies en un entorno relativamente poco alterado.
Historias humanas en el fin del mundo: cocineros, estancieros y chacras
Más allá de los grandes paisajes, un viaje a Tierra del Fuego también está marcado por las vidas de quienes han decidido quedarse a vivir aquí, en un lugar al que pocos llegan. En torno al Canal Beagle, por ejemplo, han surgido pequeños restaurantes y estancias familiares que apuestan por trabajar con productos locales y mantener vivas tradiciones casi perdidas.
Hay proyectos gastronómicos donde se cocina prácticamente solo lo que se pesca ese mismo día: centollas, merluzas negras, mejillones y otros productos del mar, acompañados de hongos como las fistulinas antárticas, recolectados en el bosque cercano. Estas setas, de forma y textura muy particulares, se integran en recetas que mezclan lo aprendido en cocinas modernas con los sabores de siempre.
En estancias como la Quinta Pionera, gestionada por descendientes de los primeros colonos europeos que llegaron a estas tierras a principios del siglo XX, conviven la producción de ovejas, huertas, flores y cultivos experimentales con la memoria de personajes históricos como Lucas Bridges, uno de los pioneros más conocidos. Comer en una mesa al aire libre rodeado de caléndulas, margaritas, cassis y ruibarbo permite entender por qué algunos deciden mantener la lealtad al lugar donde vivieron sus tatarabuelos.
En pequeñas chacras cercanas a Ushuaia también se están probando nuevos cultivos en un clima extremo, desde ajos hasta frambuesas que luego se transforman en salsas y postres caseros. Ver a sus dueños cosechar, preparar café, hablar de chocolate o de la mejor forma de aprovechar la tierra, transmite una energía que contrasta con la vida acelerada de las grandes ciudades.
Entre caminos largos, anocheceres tardíos y noches despejadas llenas de estrellas, muchos viajeros descubren que en este supuesto fin del mundo no abundan los finales, sino principios de nuevas formas de vivir, de cocinar, de relacionarse con la naturaleza y con el propio tiempo.
Como ves, un viaje a Tierra del Fuego y al fin del mundo combina cruceros de expedición, trenes históricos, parques nacionales, faros solitarios, glaciares inmensos, colonias de pingüinos y proyectos humanos llenos de vida. Entre Ushuaia y Punta Arenas se encadena un mosaico de experiencias que van desde caminar por antiguas rutas de presos hasta alzar la vista en Cabo de Hornos, sabiendo que delante solo queda mar abierto; quizá por eso, al volver a casa, más de uno siente que el auténtico viaje no terminó allí, sino que acaba de empezar.