- El Palacio del Tiempo de Jerez alberga casi 300 relojes de los siglos XVII al XIX, la mayoría en funcionamiento y considerados entre los mejores de Europa.
- El museo es un “espacio vivo”: las piezas suenan y marcan cuartos, medias y horas, ofreciendo una experiencia sensorial única guiada por el relojero Francisco Osuna.
- La colección se complementa con tapices flamencos, bastones, restos de una capilla gótica y se integra en el conjunto de la Atalaya, rodeado de jardines centenarios y espacios para eventos.
- Un completo libro de 416 páginas y más de 300 fotos ha contribuido a proyectar internacionalmente este singular palacio andaluz dedicado a la relojería artística.
En Jerez de la Frontera, escondido entre jardines centenarios y aroma a vino, se encuentra uno de esos lugares que muy poca gente conoce a fondo pero que, cuando lo descubres, se te queda grabado para siempre: el llamado Palacio del Tiempo, el célebre museo de relojes que muchos identifican como el auténtico “palacio de Andalucía donde los relojes llegan a ser” protagonistas absolutos.
Este palacete neoclásico-victoriano del siglo XIX no es un museo al uso: aquí los relojes no se miran detrás de una vitrina silenciosa, sino que laten, suenan, marcan cuartos, medias y horas, y envuelven al visitante en una banda sonora constante. A la vez, forma parte del conjunto museístico de la Atalaya, en la zona más alta de la ciudad, un complejo ligado al mundo del vino y a la celebración de congresos y eventos que completa una experiencia cultural muy singular en Jerez.
Un palacio andaluz donde manda el tiempo
El llamado Palacio del Tiempo es un palacete de estilo neoclásico‑victoriano construido hacia 1850 y situado en el conjunto de la Atalaya, uno de los puntos más elevados de Jerez. Rodeado de jardines históricos, se ha convertido en el escenario perfecto para albergar una de las colecciones de relojería artística más destacadas de Europa.
Desde fuera, el edificio recuerda a esas casas señoriales decimonónicas, pero al cruzar la puerta lo que encontramos es un auténtico santuario de la medición del tiempo. La visita se convierte en un paseo por diferentes estancias cuidadosamente restauradas, donde los relojes se reparten por salones, pasillos, escaleras y una pequeña capilla gótica que fue el germen del conjunto palaciego.
El complejo de la Atalaya en el que se integra este museo está rodeado por un jardín de árboles centenarios declarado Bien de Interés Cultural y catalogado como Patrimonio Histórico Andaluz. Caminar por estos jardines, antes o después de entrar al Palacio, ya anticipa parte del encanto del lugar, con rincones que hablan de bodega, de vino y de historia jerezana.
Muy cerca, en la calle Cervantes, el aire está impregnado de ese olor inconfundible a vino de Jerez, que acompaña al visitante mientras se acerca al museo. Esa mezcla de aromas, arquitectura histórica y coleccionismo relojero es, precisamente, lo que hace de este palacio algo tan especial dentro del panorama cultural andaluz.
La colección: casi 300 relojes que cuentan historias
En el interior del Palacio del Tiempo se conserva una colección que ha llegado a reunir cerca de 287‑293 relojes históricos, según el recuento considerado en distintas fuentes y publicaciones. La mayoría de ellos están en perfecto funcionamiento y abarcan un periodo que va, principalmente, desde el siglo XVII hasta finales del siglo XIX, la llamada edad de oro de la relojería artística europea.
Se trata de relojes de sobremesa, de chimenea, de carroza, de caja alta inglesa, piezas de bolsillo y auténticas rarezas técnicas, procedentes de Francia, Inglaterra, Italia, Suiza, Austria y Alemania. Entre ellos se encuentran modelos de estilo Imperio, relojes columna, ejemplares del Directorio, relojes semi‑esqueleto, piezas de la época de Carlos X y refinadas creaciones de estética chinesca o lacado oriental.
Buena parte de la colección está firmada por algunos de los maestros relojeros más prestigiosos de Europa: Ferdinand Berthoud, Rodríguez de Losada, Frodsham, Lepaute, Leroy, Robin, Bennet, Raingo, Guydamour, Lepine, Thuret y otros grandes nombres que marcaron la historia de la relojería fina francesa e inglesa.
La muestra no solo llama la atención por la cantidad, sino por la calidad y variedad técnica que representa: desde la época en la que el relojero era casi un artesano al servicio de la Corte, hasta el momento en que su figura se convierte en la de un especialista, investigador y estudioso de la precisión. Cada mecanismo refleja la evolución de la ciencia y del gusto estético de su tiempo.
Por eso, muchos expertos consideran que esta colección de Jerez es una de las mejores de Europa en relojería artística antigua, si no la mejor, y el museo se ha ganado a pulso el sobrenombre de “museo vivo del tiempo”, ya que los relojes, lejos de estar muertos sobre un pedestal, continúan marcando la hora y acompañando al visitante con sus sonerías.
Un museo vivo: sonerías, cuartos y relojes en marcha
Una de las características más sorprendentes del Palacio del Tiempo es que no se trata de una simple exposición estática, sino de un museo vivo en el que suena el tiempo. Cuando el reloj marca las seis, por ejemplo, el edificio entero parece retumbar: de la derecha, de la izquierda, desde arriba y desde el fondo de las salas se entrecruzan campanadas, cuartos y medias.
Las sonerías de los relojes se escuchan marcando cuartos, medias horas y horas en punto, fieles a la técnica original de cada pieza. Este detalle despierta la curiosidad de quienes están acostumbrados a museos en los que reina el silencio y donde la maquinaria está detenida para preservar los mecanismos.
En Jerez, en cambio, el objetivo es que el visitante experimente realmente la sensación de que los relojes siguen con vida. Muchos museos europeos de relojería exponen piezas inactivas, pero aquí se busca que esa experiencia sensorial sea completa: se ve el reloj, se escucha, se percibe el ritmo constante del tictac y de las campanas.
El responsable de mantener esta orquesta mecánica en perfecto estado es Francisco Osuna, arquitecto sevillano y actual relojero del museo. Cada semana se desplaza hasta el Palacio del Tiempo para revisar, ajustar y poner en hora los 287 relojes que forman la colección expuesta, una tarea que requiere paciencia, oído y un enorme conocimiento técnico.
Osuna habla de este lugar como de una “máquina del tiempo” en la que el visitante recorre, a través de los relojes, más de dos siglos de historia. Para él, lo realmente importante es que el museo mantenga su carácter de espacio vivo, y que el público pueda acercarse a las piezas, observar sus detalles y sentir el sonido envolvente de la relojería en activo.
Recorrido por las salas: de Luis XIV a Napoleón
La visita comienza con una pieza simbólica: la maquinaria de un reloj de farola de cuatro caras de Rodríguez de Losada, el primero de este tipo instalado en España en 1856. Se exhibe en la zona de acceso como carta de presentación de la colección y como homenaje al prestigioso relojero español del siglo XIX.
En la primera sala se entra de lleno en la época de Luis XIV, el llamado Rey Sol. Allí aparecen relojes presididos por figuras alegóricas como el dios Cronos, en esculturas de bronce dorado con marquetería tipo boulle (una técnica que combina madera, metal y otros materiales de lujo). También se exhiben piezas con referencias literarias, como un reloj con la figura de Cervantes, y otros que reflejan las modas surgidas tras las expediciones napoleónicas a Egipto, en las que se incorporan elementos del arte orientalizante.
Conforme se avanza, las vitrinas muestran relojes de estilos muy diversos: algunos de un barroquismo cercano al rococó, llenos de curvas, ornamentos y dorados; otros de líneas más sobrias, ya dentro del neoclasicismo o del estilo Imperio, muy ligados al gusto francés de principios del siglo XIX. También aparecen piezas de carácter más femenino, como un reloj turquesa asociado a María Antonieta, en el que se aprecia el delicado trabajo de esmalte y ornamentación.
En la llamada Sala Azul se concentran relojes de origen francés tipo cartel y de chimenea, muchos de ellos con detalles chinescos o motivos exóticos que estaban muy de moda en los salones aristocráticos del siglo XVIII. A lo largo de las distintas estancias del palacete se van sucediendo los relojes columna, los modelos de la etapa del Directorio, los semi‑esqueleto y múltiples variantes decorativas.
Además de los modelos franceses, el visitante se encuentra con una notable representación de la relojería inglesa de caja alta, esos grandes relojes de pie, sobrios, en madera y con menos adornos externos, que se centran más en la precisión del mecanismo que en la exuberancia ornamental. En muchas de estas piezas se aprecia de inmediato la diferencia con la escuela francesa, sobre todo en la forma de las cajas y en el tratamiento del bronce.
Relojes curiosos y rarezas mecánicas
Más allá de los grandes nombres y estilos, uno de los atractivos del Palacio del Tiempo es que también atesora relojes de lo más singulares y sorprendentes. No todo son chimeneas y cajas altas: hay piezas que parecen casi juguetes o ingenios de magia.
Entre las rarezas destacan, por ejemplo, un reloj de sol en forma de cañón, pensado para señalar la hora de manera muy visual, o un barco mecánico que se mece y, a la vez, marca el paso del tiempo. También hay un divertido autómata en forma de payaso que juega con cubiletes, un tipo de reloj pensado tanto para entretener como para mostrar la habilidad técnica del relojero.
Uno de los relojes que más impresiona a los amantes de la mecánica es un reloj autómata fechado en torno a 1840, restaurado recientemente. Se conoce su datación exacta porque en el interior del muelle figura grabado el nombre de su fabricante, ya que en aquella época se firmaban las piezas asociadas a una garantía. El muñeco mueve la cabeza y los brazos, y cada vez que levanta los brazos aparece una bolita de distinto color, una delicadeza técnica que exige un engranaje muy preciso.
No falta en la colección un reloj esqueleto de Viena, en el que es posible contemplar buena parte de la maquinaria a la vista. Este tipo de relojes es muy apreciado por los coleccionistas precisamente porque permite disfrutar del movimiento interno, las ruedas dentadas, los ejes y el juego de pesas.
Ya al final del recorrido, uno de los grandes protagonistas es el llamado “reloj misterioso”, una pieza que fascina por su funcionamiento. La maquinaria está completamente oculta en la base y, sin embargo, las agujas se mueven aparentemente por arte de magia. No hay cables visibles ni imanes que expliquen su movimiento, y el propio relojero del museo guarda con celo los secretos de su mecanismo, lo que añade un plus de intriga a la experiencia.
Maestros relojeros y piezas legendarias
A lo largo de las estanterías y vitrinas del Palacio del Tiempo aparecen firmas que hicieron historia en la relojería: Leroy, Lepine, Berthoud, Robin, Losada, Frodsham, Lepaute, Thuret y muchos otros. Sus obras demuestran hasta qué punto la relojería fue un arte refinado y, a la vez, una ciencia de la precisión.
Entre las piezas más valoradas se encuentra un reloj farol de José Rodríguez de Losada, considerado uno de los relojeros españoles más ilustres del siglo XIX. Su nombre está ligado a relojes monumentales de torre y farola, y el ejemplar que se exhibe en el hall del Palacio del Tiempo es un buen ejemplo de su maestría en grandes mecanismos públicos.
Otra joya técnica destacada es un reloj esqueleto firmado por Robert Robin y fechado hacia 1780. Se trata de una pieza muy especial desde el punto de vista mecánico: al estar equipado con pesas, la fuerza que impulsa el mecanismo se regula con la gravedad, lo que permite una precisión extraordinaria, llegando a un margen de solo unos cinco segundos de desviación a la semana. Este reloj cuenta incluso con segundero, algo que en su época era un auténtico alarde técnico.
La colección incluye además creaciones de Ferdinand Berthoud, uno de los grandes nombres de la relojería científica francesa, y ejemplares que muestran escapes y soluciones técnicas muy avanzadas para su tiempo. En algunos casos, se pueden apreciar detalles como las tallas minuciosas de las agujas, los acabados en bronce pavonado o el tratamiento del esmalte y la marquetería.
También se conservan relojes ligados a la nobleza y a la realeza europea. Uno de los más llamativos es un reloj de la época de Luis XVI que lleva el anagrama del propio monarca, lo que indica que debió de formar parte de alguno de sus palacios. La conservación del dorado y de los detalles decorativos en este tipo de piezas resulta especialmente llamativa, incluso pasados más de dos siglos.
La pieza más antigua y el ingenio nocturno del Papa
Entre los tesoros del Palacio del Tiempo sobresale la que se considera la pieza más antigua de la colección: un reloj italiano de chimenea de alrededor de 1670, conocido popularmente como “reloj nocturno”. En su origen perteneció al entorno del Papa Alejandro VII y está asociado a una anécdota curiosa.
Cuenta la historia que al pontífice le molestaba el ruido del tictac durante la noche, y pidió a los relojeros de la familia Campany que idearan un mecanismo que le permitiera saber la hora sin tener que escuchar el sonido constante del reloj. La solución fue diseñar un sistema en el que se colocaba una vela en la parte trasera de la pieza.
La esfera original estaba calada y mostraba los números recortados; al colocar la vela, el humo salía por detrás y la luz atravesaba solo el número que correspondía a la hora, de modo que por la noche se veía iluminado únicamente el dígito de la hora en curso. De esa forma, el Papa podía consultar la hora sin necesidad de exponerse a un tictac permanente que interrumpiese su descanso.
En el ejemplar que conserva el museo de Jerez, la esfera parece haberse quemado en algún momento y fue sustituida por otra, igualmente cuidada y estéticamente muy atractiva. La caja del reloj, de gran calidad, se mantiene como uno de los mejores ejemplos de relojería italiana de chimenea del siglo XVII.
Esta pieza demuestra hasta qué punto la relojería histórica unía ingeniería, diseño y necesidades cotidianas muy concretas, en este caso, el descanso nocturno de uno de los personajes más influyentes de su época.
La sala circular, la capilla gótica y otros espacios
Uno de los rincones más espectaculares del Palacio del Tiempo es una sala circular de ambiente casi teatral, oscura, cuyo techo cubierto de pequeños puntos de luz simula un cielo estrellado. En el centro se conservan los restos de una antigua capilla gótica, origen del palacete jerezano, lo que refuerza aún más la sensación de mezcla entre lo sagrado y lo mecánico.
En esa misma sala, alrededor de la capilla, se exhiben cuatro enormes relojes ingleses de caja alta, que llegan a medir en torno a 2,6 metros de altura. Uno de ellos luce un lacado chino de aproximadamente 1730 y sigue funcionando, imponiendo por su presencia y por la sonoridad de su mecanismo.
A lo largo del recorrido se va percibiendo la diferencia entre la relojería inglesa y la francesa. Mientras que la francesa tiende a un exterior más ornamental, con bronces, dorados y escenas mitológicas o alegóricas, la inglesa suele centrarse más en la máquina: cajas de madera más sobrias, menos adornos, y un énfasis especial en la precisión interna.
En el piso superior se encuentra la sala Arturo Paz, bautizada así en honor al primer relojero de la colección. Es una estancia con menos relojes, pero de una calidad extraordinaria. Allí destaca un gran reloj inglés de caoba que impresiona solo con ver la esfera: cuenta con calendario, indicador del día de la semana y del mes, varias melodías a elegir, termómetro y barómetro integrados.
Este reloj fue restaurado hace unos años por el propio Francisco Osuna, quien asegura que poder trabajar tan de cerca con piezas de este calibre es un auténtico privilegio. La sala se ha concebido, en cierto modo, como un homenaje al oficio del relojero, mostrando algunos de los ejemplos más refinados de la colección.
Más allá de los relojes: tapices, bastones y taller
Aunque el gran protagonista del Palacio del Tiempo es la relojería, el museo también conserva otras colecciones artísticas que completan la visita. En la pequeña capilla se exponen tapices renacentistas del siglo XVI, pertenecientes a la Escuela de Flandes, que muestran escenas cargadas de simbolismo y un detallismo propio de los grandes telares flamencos.
Junto a los tapices se puede contemplar una talla religiosa del gótico tardío, de finales del siglo XV, que conecta la historia del edificio con una tradición artística anterior a la propia colección de relojes. Esta pieza recuerda que el palacete se levantó sobre una estructura religiosa previa, cuyos restos aún son visibles.
Otro elemento curioso es la colección de unos 140 bastones antiguos, una muestra que habla de modas, estatus y costumbres de otras épocas. Cada bastón tiene su propia personalidad, y muchos de ellos incluyen empuñaduras decoradas con materiales nobles o mecanismos ocultos.
En la zona baja del Palacio, el relojero del museo dispone de un pequeño taller en el que repara, ajusta y diseña componentes para las piezas de la colección. Además, Francisco Osuna cuenta con un taller más grande en Sevilla, desde donde continúa su labor de restaurador y creador de soluciones técnicas para relojería gruesa.
Este doble espacio de trabajo hace posible que el museo mantenga su carácter de “museo vivo”, ya que las piezas no son simples reliquias inmutables, sino mecanismos que requieren intervenciones continuas, limpieza, aceitado y ajustes muy precisos para seguir funcionando como el primer día.
Francisco Osuna: del contenedor al Palacio del Tiempo
La historia personal de Francisco Osuna, actual relojero del Palacio del Tiempo, es casi un relato vocacional de película. Arquitecto de formación, siempre había sentido atracción por las bellas artes y el trabajo manual: le gustaba dibujar, desmontar máquinas y volver a montarlas, y experimentar con mecanismos.
En el año 2000 se cruzó en su camino un viejo reloj de pared abandonado en un contenedor. Lo rescató, tiró la caja porque estaba en mal estado y se quedó con la máquina. La llevó al relojero de su barrio, quien decidió desmontarla pieza a pieza y meterla en una caja de zapatos, retándole a que la montara de nuevo por sí mismo.
Aquella noche, Osuna se quedó hasta altas horas intentando recomponer el mecanismo y al día siguiente se lo llevó al relojero, que vio claro su talento y empezó a enseñarle el oficio por las tardes. Desde entonces, Francisco se fue formando de manera casi autodidacta, apoyándose en libros especializados de relojería y en la práctica diaria en el taller.
En 2010 descubrió por primera vez el Museo de Relojes de Jerez. Su reacción fue de sorpresa total: “¡No puede ser, con esto tan cerca!”, confesaría después. Empezó a visitar el Palacio del Tiempo con frecuencia, hasta el punto de llegar a conocer casi todos los relojes antes incluso de trabajar allí oficialmente.
En 2020 se presentó al concurso para ocupar la plaza de relojero del museo y la consiguió. Hoy compagina la arquitectura con su labor en el Palacio del Tiempo y con su papel como presidente de la Asociación Nacional de Reparadores y Restauradores de Relojería Gruesa (ANREG), desde donde impulsa la conservación de grandes relojes monumentales en España.
El conjunto de la Atalaya: jardines, vino y eventos
El Palacio del Tiempo forma parte del conjunto museístico de la Atalaya, un complejo muy singular levantado en antiguas bodegas de Jerez. Estos espacios, reconvertidos desde 2005 para usos culturales y de congresos, reúnen historia del vino, arquitectura bodeguera y tecnología audiovisual moderna.
Los jardines que rodean el conjunto, con árboles centenarios, configuran un entorno declarado de Interés Cultural y considerado Patrimonio Histórico Andaluz. Pasear por ellos es casi obligatorio antes de entrar o al salir del Palacio del Tiempo, porque permiten entrever la relación histórica entre la ciudad, sus bodegas y el paisaje.
Dentro del complejo se encuentra una Sala Multimedia 360° ubicada en antiguos cascos de bodega construidos en 1881. Esta sala puede acoger hasta 400 personas en formato teatro y está preparada para albergar congresos, espectáculos, presentaciones y todo tipo de eventos para empresas e instituciones.
El Salón Don Jorge, por su parte, es un gran espacio para celebraciones, con un aforo aproximado de 525 personas. Conserva los pilares originales y la cubierta de una auténtica bodega jerezana, ofreciendo luz natural y una estética muy propia que los clientes pueden decorar a su gusto para banquetes, galas, desfiles de moda y otros actos sociales.
Junto a estas salas se encuentra un área audiovisual equipada con sistemas de proyección y sonido, y un Hall de Bienvenida donde se expone, de forma divulgativa, la historia del vino de Jerez desde la viña hasta el maridaje. Mediante dioramas y paneles explicativos en español, inglés y alemán, se muestran los procesos en las viñas, las bodegas y el recorrido histórico del jerez como vino emblemático.
El Museo en un libro: 416 páginas de relojería
La importancia del Palacio del Tiempo y de su colección ha quedado reflejada también en una cuidada publicación: un libro de 416 páginas con más de 300 fotografías a todo color, en el que se recogen 293 relojes presentes en el museo. El texto de May Ruiz Troncoso y las imágenes de Luz de Abril han permitido trasladar el museo al papel de forma muy detallada.
Este volumen se presenta como “todo el museo dentro de un libro”, una herramienta fundamental para dar a conocer internacionalmente el Museo de Relojes de Jerez, considerado el mejor de España en relojería antigua y uno de los más relevantes de Europa. Su edición ha supuesto un impulso decisivo en la promoción del Palacio del Tiempo más allá de las fronteras andaluzas.
A través de sus páginas se recorre la historia de la relojería artística europea entre los siglos XVII y XIX, mostrando la edad de oro de la técnica francesa e inglesa, sin olvidar las aportaciones de Austria, Suiza e Italia, también bien representadas en la colección. El libro combina rigor histórico con una visión muy visual y accesible del coleccionismo relojero.
En él se muestran en detalle piezas únicas, como el reloj italiano de chimenea asociado al Papa Alejandro VII, el escape del reloj esqueleto de Robin o las creaciones de Ferdinand Berthoud, Rodríguez de Losada, Leroy, Lepine y Thuret, entre otros. Cada ejemplar se acompaña de historias de dioses, héroes y sabios que convierten la lectura en un auténtico deleite para cualquier enamorado de la belleza y de la precisión mecánica.
Así, el libro funciona como extensión natural del museo: permite apreciar con calma detalles que quizá pasan desapercibidos en la visita y ayuda a comprender mejor por qué este palacio andaluz se ha ganado a pulso su fama como lugar donde los relojes llegan realmente a ser protagonistas de la experiencia cultural en Jerez de la Frontera.
Todo este conjunto -el palacete neoclásico‑victoriano, los jardines centenarios, la colección de casi 300 relojes en funcionamiento, los tapices flamencos, los bastones, la historia del vino y la pasión del relojero que los cuida- convierte al Palacio del Tiempo en un espacio único en Andalucía, perfecto para quienes buscan algo más que una visita turística convencional y quieren sumergirse, literalmente, en el sonido y la magia del tiempo.